Clausura 1991 - Belgrano 3 Talleres 0

Ahora, cuando el sol salga y vuelva ponerse, salga de nuevo y termine durmiendo otra vez tras las sierras, no repetirá el diario ciclo de presentar el día y cortejar la noche. No.
A partir de las 17:53 hora mediterránea argentina de un domingo 27 de Octubre de 1991, nada volverá a ser como era antes en esta exorcizada ciudad de las dos letras. porque de la mano de tres besos de una esfera blanca a su novia, la red, la "B" ha conseguido propinarle a la "T" la mayor de las afrentas: la expuso a la burla y al grotesco, a la chanza y al enojo, al insomnio y la pesadilla, Y por carácter transitivo, regaló a sus adictos al celeste furia y al grito eterno, el mayor de los moños a que pueda aspirar esa procesión de fe apodada Belgrano; un clásico liquidado con la lápida del 3-0 que trocará dolores por placer, bolsillos flacos por abundancia, vino amargo por champagne. Puede ser vivido por la imaginación, pero también puede ser sufrido gozado en esta tierra que por obra y magia del bendito fútbol consiguió sintetizar los grandes temas humanos en un solo: el choque Belgrano-Talleres.
A la hora señalada, cuando los brazos de Juan Carlos Loustau apuntaron ese cielo líquido, el cronómetro interno de una pasión comenzó el tictac.
Y por lo menos hasta que la revancha del duelo recree sueños dormidos, nada será igual en Córdoba. NADA. Porque Belgrano se puso la banda de rey, y porque el súbdito Talleres deberá agachar la cabeza y resignarse. ¡Qué se va a hacer, tallarín! Podrás mostrar la verdad de los números, la tabla que observas de arriba, el... Pero Belgrano tendrá el as de espada que sacó en la lluviosa tarde del Chateau Carreras para herir tres veces un corazón intacto y derramar sangre celeste capaz de teñir a toda Córdoba...
"Belgrano, sos la peste”, señalaba un grafiti en aerosol a pasos del viejo colegio Monserrat. “La T p...", contraatacaba otra pared, calle Duarte Quirós arriba. Era la semana del clásico, el primero en el máximo nivel de AFA; el Campeonato de Primera División. ¿Hacía falta aclararlo? Esta batalla del “honor” era capaz de absorberlo todo y en todos los frentes. Cuentan que el ministro de economía cordobés, a minutos de una reunión trascendental, con directores de escuelas, abordó a un periodista que cubría la nota con un preocupante: "Che, ¿Se sabe cómo forma Talleres?". No se quedó atrás aquel fanático de Belgrano con nombre y apellido, que perdió su identidad en la multitud anónima, orgullosa del periplo realizado: radicado hace cinco años en Venecia, decidió volver a su Córdoba para “comer un choripán y ver a la B". Viajó dos días seguidos porque una huelga en el aeropuerto de Milano lo obligó a un viaje desgastante. ¿Pero qué le hace eso al lado de semejante placer de mojarse por esa caprichosa lluvia que cae como estocadas finas, gorrito modelo Piluso y el canto con tonito que va recobrando? Córdoba convulsionada populares agotadas pero plateas que pasaron de un partido "normal" (150,000 y 250,000 australes) a estos 250.000 y 400.000 que asustan a muchos y pone de mal humor a unos cuantos. Córdoba convulsionada: Operativos especiales para la Seguridad y organización: los piratas acceden al estadio por la avenida Colón, los tallarines por el Cerro de las Rosas, 700 policías afectados, más personal de civil en tribuna y persiguiendo la reventa, más las tareas de inteligencia que también se hace en el fútbol, “porque acá hay muchos intereses políticos”. Córdoba convulsionada: micros y micros que salen desde la céntrica plaza San Martín, un pequeño maremoto porque alguien quería emitir el partido por televisión en directo "por una cuestión social", sin haber comprado los derechos, discusiones, polémicas y, encima de todo esto, dos planteles y un mismo sueño...
Talleres quedó en la ciudad T: Córdoba, "porque para nosotros éste es un partido más", como lo expresó Manera, Belgrano se fue a 70 kilómetros, Las Vaquerías, "porque éste es el partido”, según la frase del otro técnico, Carlos Ángel Biasutto. Clima insoportable de clásico. El Chateau quebrado en dos mitades exactas, como partida quedó la ciudad. "Vida, Pasión y Muerte”, reza la bandera de Ameghino Norte, de Talleres. “¡Qué sucessol Belgrano, te quiero", la enfrentó el trapo Celeste pegado y firmado por los empleados del Hospital de Urgencias. Hay una lluvia lacia que parece ponerle un baño epopéyico a esas cuarenta y cinco mil personas rodeando la pasión. Hay un desahogo policial con una frase fruto de la experiencia: “Menos mal que no hay sol, porque con el vino que corre, los guasos se exaltan demasiado”. Hay un tira y afloja para no regalar nada. A las 15:05, Eduardo Luján Manera ingresa al vestuario del árbitro Loustau. A los 40 segundos, se mete como una tromba el presidente de Belgrano, Gregorio Ledesma. A los dos minutos, los dos salen por la misma puerta con caras de pocos amigos. Manera fue a pedirle a Loustau autorización para ingresar a la cancha, ya que —al no estar registrado su contrato en AFA— no figura oficialmente como técnico de Talleres. Ledesma quiso aprovecharse del impedimento legal para chicanear, sin pensar que sería mejor que los técnicos estuviesen en los bancos y que los partidos los ganaran los jugadores... Al final, Manera se sentó en la mitad de cancha, como corresponde, pero no pudo hacer mucho.
Por primera vez en la historia, у como para arrogarse poderes extrasensoriales, la tribuna de Belgrano puede decir —sin eufemismos— que por un minuto desapareció de la tierra. Se auto sepultó por el olor y la cortina de un humo blanco que sucedió a la mayor explosión que se haya escuchado en Córdoba y zona de influencia al compás de la entrada de su equipo. Talleres no se quedó atrás, pero el viento en contra conspiró para igualar la hazaña.
No fue el único contratiempo que sufrió el hasta entonces invicto cordobés. En medio de un partido trabado, apareció esa jugada "sacada de contexto”, con una monumental doble pared que Spallina convirtió en explosión y bronca. Belgrano, el de la campaña sin sonrisas, el del futuro incierto, empezó a revalidar el lugar común oportunista: "un clásico es un clásico”. Y empezó también a justificar ese 1-0 con que manejó el primer tiempo. Sin grandes luces, apenas con una mayor convicción para meter en cada pelota, la "B" le fue dejando sin argumentos a un Talleres demasiado estático y dependiente de lo que pueda pescar el paraguayo Ruiz Díaz. Pero parecía que nada habría de salirle bien en esta tarde tan especial al escolta de un sueño de campeón. A los 43 minutos, Coloccini y Olalla van a buscar una pelota aérea. Ninguno la encontró, sólo que el defensor terminó en el piso con un diagnóstico preocupante: traumatismo de cráneo con probable fractura en el hueso malar, cuando Coloccini ya estaba siendo atendido en el Hospital de Urgencias y el resultado era inamovible, los dardos despachados en el vestuario de Talleres dispararon unánimemente contra Olalla: “ese le metió un codazo de mala leche...”
Como para pensar que era imposible torcer el curso de la historia, un solo dato pinta cómo vivió su tarde de gloria uno y como sufrió su tarde de derrota el otro. Marcelo Antonio Trobbiani hacía Su debut en Talleres, reemplazando al comenzar el segundo tiempo a Gustavo Dalto. A los 42 Segundos de haber ingresado, una patada en el gemelo de la pierna izquierda lo dejó rengueando. Estuvo dos minutos en la cancha, fue a los vestuarios, y no volvió... Exactamente 42 segundos —el mismo tiempo de aquel infortunio—necesitó Roberto Carlos Monserrat para decretar de qué lado estaban las sonrisas y de cual las lágrimas. Reemplazó a los 59 minutos a Víctor Hugo Heredia, y la primera pelota que tocó —a menos de un minuto– le dio un destino grande de goleada al partido. Belgrano 3, Talleres 0. No lo creían muchos, no lo podían entender...
Divididos por el ecuador de la mitad de cancha, las dos caras de una misma verdad se miraban sin cesar. El hemisferio norte, el de la risa y el canto, hacía olas y dedicaba la tarde inolvidable. El hemisferio sur, el del silencio y la amargura, caminaba lentamente desandando sus pasos que noventa minutos antes ensayó con esperanzas de gloria...
Y en el vestuario vaporoso, dos manos apretaban fuerte un grabador. Querían captar todo lo que sus ojos no podían. Era César Linosi, un pibe de 22 años, ciego de nacimiento por una catarata congénita, estudiante de tercer año de Ciencias de la Información: amparado por presentar un trabajo práctico sobre "efectos sonoros en un vestuario” para la materia de Periodismo, justificó sus lágrimas de hombre feliz pudiendo escuchar esas voces cercanas, logrando tocar a sus ídolos construidos en la imaginación, y levantando un monumento al fanatismo con una frase que sintetiza todo: "Yo soy de Belgrano desde que estuve en el vientre”.

FUENTE: Revista El Grafico / Hugo Suerte (24/03/1991)

Tal vez porque conoce la historia, porque creció escuchando de leyendas futboleras, porque supo desde siempre de estos duelos entre los hombres del Barrio Jardín y Barrio Alberdi. Seguro porque es Cordobés hasta la médula desde hace 34 años, cuando nació en el humilde Barrio San Roque Porque toda la vida su sangre fue celeste-pirata, nadie podía entender este clásico como Víctor Hugo Heredia. Sabía que era "el" partido y que cuando las paradas son así de difíciles, sólo algunos elegidos desequilibran. Por eso, fue su tarde.
“Sí, es cierto que era un partido especial, y todos en Belgrano lo tomamos de esa manera. Nos fuimos una semana a las sierras, para no contagiarnos de la ansiedad de los hinchas, que nos pedían ganar de cualquier forma. Belgrano no viene haciendo mal las cosas, pero no tuvimos suerte. Hoy eso se revirtió y demostramos que no estamos lejos del resto."
Es uno de los pocos elegidos que lució, alguna vez, ambas camisetas. Durante la temporada 1986/87 y parte del 88 fue albiazul, de Talleres. En 1989 llegó a Belgrano —previo paso por Gimnasia y Esgrima de La Plata—, consiguió el ascenso ("Fue lo más importante que me pasó en mi vida deportiva. Eso y haber jugado en la Selección Nacional. Pero la fiesta de ascenso es inolvidable.") Y se quedó firme en el costado derecho de la media cancha.
“Salió todo como lo habíamos planeado. Mi misión era tapar a Ludueña, que es el volante de Talleres que asegura la salida. Así los obligamos al pelotazo. Fue efectivo, porque no nos crearon ni una situación de gol. Después, cuando pude, acompañe arriba.”
Fue protagonista de cuatro clásicos cordobeses. Tres amistosos y éste —histórico— del domingo. Con la celeste de Belgrano ganó tres veces. Jugando para Talleres perdió el único que jugó. “Sólo nos superó claramente River. Con independiente perdimos sin merecerlo y también dejamos otros puntos importantes como locales. Pero estábamos jugando bien, como lo hicimos hoy. Esto hay que disfrutarlo y mantener el objetivo. Nosotros queremos sumar 37 o 38 puntos para estar tranquilos el torneo que viene.”
Se definió como un hombre callado (“Sí, soy de pocas palabras. Sirve para no confundirse ni en el triunfo ni en la derrota."). Le obsequió la camiseta a Marcelo Ledesma, el hijo del presidente de Belgrano y se preparó para disfrutar, sin euforias exageradas, junto a su esposa Patricia y sus tres hijos: Damián, Ivan y Agustín. “Es linda la alegría de la gente. Ojalá este tipo de fiestas se den siempre así, organizadas, sin problemas. Creo que todos debemos cuidar al fútbol."
Fue la figura del clásico. ¿Por qué? A los 18 minutos elaboró una memorable doble pared con el paraguayo Romero en la media cancha. Dejaron atrás a todo Talleres y así llegaron hasta el área. El centro atrás fue de Romero, Víctor Heredia la dejó pasar y Spallina —entrando sin marca por la derecha— fue el dueño del primer grito, que tuvo categoría de golazo. También desplegó —Víctor Heredia, claro— toda su dinámica, le agregó habilidad y, sobre todo, claridad mental para manejar los tiempos. Fue conductor y supo elegir acertadamente los caminos y los momentos.
"Belgrano no es un equipo que esté nada más que para luchar por no descender. Tenemos plantel para pretender otra cosa, pero hay que cambiar la mentalidad. Si siempre Se habla del descenso, uno pierde de vista otras cosas. Hoy quedó claro que por ahora la diferencia entre un equipo que pelea la punta y otro que lucha más abajo, no es tanta.”
A los 58 minutos se dio el gusto de recibir una ovación seguramente inolvidable. Fue reemplazado por Monserrat y toda su gente lo premió con el aplauso que reconoce al héroe del domingo. Nada menos que él, símbolo nuevo de Belgrano. "Me queda una pequeña bronca; no haber jugado en un equipo de la Capital Federal. Pero siempre estuve bien aquí, me gusta Córdoba. Voy a seguir hasta que me dé cuenta de que los otros corren más que yo y después me dedicaré a vivir tranquilo junto a mi familia." Pensante, calmo, como jugador y en las palabras. Tal vez porque forma parte de la historia de los duelos futboleros de Córdoba, este canto triunfal de Belgrano lleva letra y música de Víctor Heredia.

FUENTE: Revista El Grafico / Gonzalo Abascal  (24/03/1991)

FUTBOL DE CIELO ABIERTO
El futuro suele ser un horizonte móvil. Pero los sueños del fútbol. Se acerca y se aleja, casi hasta ser un espejismo. Hasta que aparece la realidad, la dichosa y eterna realidad con formas de gol y red. Con gritos jubilosos y muecas de desencanto. Pero los Sueños del futuro exigen pasado. Y eso es lo que pusieron, al abrir la nueva historia, Talleres y Belgrano. La ceremonia terminó con el comienzo. Banderas y papelitos, lágrimas y emociones. Orgullos. Lejanos fantasmas del ayer, ocupando el sitio de las memorias. Y Con el telón a cielo abierto, el silbato de Loustau nos empujó para adelante. Para vivir el tiempo nuevo. Por sobre la historia y la nostalgia. En la caldera del estadio Córdoba. Como si esta vez sirviera para creer que el estadio fue construido para hoy. Para la fiesta de Córdoba. Ya estaba demorando demasiado el futuro. El sueño de seguir a cancha llena con nombres nuevos, Con esperanzas frescas. Y allí están Spallina, Rivadero, Monserrat, Kesmann, Primo y la veteranía tibia de Víctor Heredia, y el dúo de negros con uno de cada lado: Nieto y Ludueña. Y seguimos para adelante. Imaginando nuevas tardes. Belgrano es autor de sus propios milagros. Le devolvió vida al fútbol cordobés, y Talleres con su sobria dignidad demostró que la derrota no es violencia sino estímulo para volver a empezar. Esa es la imagen de un fútbol con historia, pero también de capítulos nuevos. La pasión no terminó ayer. Aquella nostalgia celeste o albiazul, fue renovada en hinchas adolescentes, que crecen todos los domingos. Como en la tarde del clásico. La misma ceremonia, el mismo rito. La Sorpresa no cambia y sobre las cicatrices del alma, la misma sonrisa en el grito de gol. Buscando el horizonte móvil, el que se acerca y se aleja según llegan los goles.
“El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”, escribió Roberto Art, hace muchos años. Y en Córdoba, Belgrano y Talleres pueden soñar con la utopía: trabajan, juegan y terminan de honrar su pasado. Por eso, por prepotencia de trabajo. Aunque uno gane y otro pierda. Con goles jóvenes. Con la alegría de Spallina, Primo y Monserrat. Por eso, al final, nadie corrió el telón para darle gracias al fútbol de cielo abierto. Como antes, como hoy. Para volver a comenzar.

FUENTE: Revista El Grafico / Nilo Neder (24/03/1991)
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